
Por: Manuel Guerra
La megalomanía de Alan García lo hace alucinar que ocupará un lugar destacado en la historia del Perú. En realidad será recordado por su desvergonzado entreguismo y la corrupción que promueve, tolera y protege desde el gobierno. Porque el crecimiento económico que se ufana con profusión mediática, en realidad refuerza el atraso del país, pues se sostiene sobre la base de la explotación irracional de los recursos naturales en beneficio de las transnacionales, cuyas consecuencias directas son la quiebra del aparato productivo, la destrucción del medio ambiente, el despojo brutal de la propiedad a las etnias y comunidades campesinas. Crecimiento económico que, como ya ha ocurrido en circunstancias similares, significa bonanza momentánea, festín para su puñado de beneficiarios, pero no desarrollo para el país, ni bienestar para sus habitantes.
El proceso de reconcentración de la propiedad de la tierra, espoleado con frenesí por el régimen, está dando lugar a la formación de grandes latifundios capitalistas que se apropian de las mejores tierras de cultivo y se benefician de las obras de irrigación hechas con el dinero de todos los peruanos, en tanto que se agrava la crisis agraria y la economía campesina permanece en un abandono clamoroso.
El desastre ecológico que afecta hoy día a Huancavelica, no solo es responsabilidad de la Empresa Caudalosa Chica, cuyos relaves se han desparramado sobre el río Opamayo, sino una consecuencia de la política que lleva a cabo el gobierno, su apuesta por las actividades extractivas a costa de la destrucción medioambiental y de las condiciones de vida de las poblaciones aledañas. El derrame de petróleo en el río Marañón por parte de la empresa Pluspetrol, La Oroya, hipercontaminada por Doe Run, y el derrame de mercurio en Choropampa por parte de la minera Yanacocha, no son más que eslabones de esta cadena. En el léxico empresarial, no representan sino daños colaterales, inevitables para mantener esta actividad que se ha convertido en la niña de los ojos del modelo neoliberal que se implementa actualmente, y que por tanto hay que blindar con contratos lesivos al país, proteger con leyes, salvaguardar reprimiendo con saña a quienes lo cuestionan. Este es el costo del “progreso”, según el catecismo neoliberal, convertido en el nuevo ideario del alanismo.
Bajo esta misma matriz se maneja la explotación de los yacimientos gasíferos, es decir se impone la lógica del entreguismo, el beneficio para los monopolios, y se posterga las necesidades del país, truncándose una vez más el aprovechamiento de sus recursos para encarar su desarrollo sostenido. Más allá de la parafernalia presidencial, lo cierto es que en el Perú se pagan los más altos precios de América Latina en lo que se refiere a combustibles y gas para uso doméstico. Lo más grave es que se compromete la soberanía energética del país, en un escenario donde estos recursos son cada día mas escasos y se refuerza su disputa por parte de las grandes potencias y las empresas transnacionales. Otro tanto ocurre con los recursos hídricos y la producción de alimentos.
Es natural que para la derecha apátrida la continuidad de este estado de cosas sea cuestión de vida o muerte. Es natural que lo defiendan con uñas y dientes, pues desde sus orígenes no saben hacer otra cosa que no sea servilismo al capital foráneo y vivir de sus migajas. El reto es para quienes estamos en la orilla opuesta, para los peruanos de verdad, para quienes aspiramos a una patria digna, soberana, desarrollada, con pleno bienestar para sus habitantes.
Hacer realidad esa aspiración es enteramente posible, pero necesitamos unirnos más en torno a un proyecto de país, y menos alrededor de un caudillo; más amplitud de miras que hace posible sacrificar lo intrascendente, y menos disputas estériles por pequeños cupos, candidaturas, cuotas de poder. La situación de la izquierda, el nacionalismo y las fuerzas del cambio a la hora encarar los procesos electorales para regiones y municipios, debe llevarnos a una seria reflexión, pues a la luz de los resultados para definir las alianzas y candidaturas, comprobamos que la palabra unidad nuevamente ha sido manoseada, bastardeada y burlada, ganando paso lo contingente y afirmándose la fragmentación. Así no vamos a ningún lado, y la derecha, pese a su descrédito, seguirá reinando.En las elecciones de abril se jugará el partido más importante de este periodo entre cambio democrático y patriótico versus continuismo neoliberal. El tiempo que queda es corto, pero en la gran tarea de peruanizar el Perú, todavía son posibles los gestos, las actitudes, los compromisos que estén a la altura de ese enorme compromiso con la patria.
Hacer realidad esa aspiración es enteramente posible, pero necesitamos unirnos más en torno a un proyecto de país, y menos alrededor de un caudillo; más amplitud de miras que hace posible sacrificar lo intrascendente, y menos disputas estériles por pequeños cupos, candidaturas, cuotas de poder. La situación de la izquierda, el nacionalismo y las fuerzas del cambio a la hora encarar los procesos electorales para regiones y municipios, debe llevarnos a una seria reflexión, pues a la luz de los resultados para definir las alianzas y candidaturas, comprobamos que la palabra unidad nuevamente ha sido manoseada, bastardeada y burlada, ganando paso lo contingente y afirmándose la fragmentación. Así no vamos a ningún lado, y la derecha, pese a su descrédito, seguirá reinando.En las elecciones de abril se jugará el partido más importante de este periodo entre cambio democrático y patriótico versus continuismo neoliberal. El tiempo que queda es corto, pero en la gran tarea de peruanizar el Perú, todavía son posibles los gestos, las actitudes, los compromisos que estén a la altura de ese enorme compromiso con la patria.





